Los árboles, las plantas y los animales que cohabitan en un mismo espacio forman parte de un universo común, de un medio, de un microentorno. Dentro de cada entorno, cada ser que forma parte de él tiene una función, una tarea, y cada una de esas funciones, de esas tareas que tiene cada ser vivo que habita en ese centro neurálgico de vida contribuye a generar un universo equilibrado y unas condiciones óptimas de vida para las especies vegetales y animales que conviven en ese lugar.

Unos no podrían vivir sin otros, por lo que todos y cada uno de ellos resulta fundamental para garantizar las condiciones óptimas de vida del entorno en el que habitan.

En ocasiones, por motivos tanto externos como internos se producen alteraciones en ese entorno, lo que altera de forma grave las condiciones del entorno, desembocando en un desequilibrio natural. Cuando ello ocurre, los propios agentes de ese entorno actúan de forma natural para lograr corregir esas pequeñas brechas que se están haciendo en el medio en el que habitan.

En algunas ocasiones, la brecha que surge es demasiado amplia, y el entorno requiere de un poco de ayuda para volver a su estado original. En esos casos, no tenemos más que aprender de nuestra naturaleza, de lo que ella nos muestra, de las señales que nos manda, para saber cómo actuar. La naturaleza es sabia, y por sí sola trata de regenerar los problemas que surgen en ella. Por lo que simplemente tenemos que tomarla como muestra, pararnos en pensar cómo actuaría ella, y seguir la misma dinámica que ella.

Sólo tenemos que sentarnos a analizar nuestro entorno, pararnos a observarlo, y en breve sabremos qué necesita para estar en equilibrio, y en consecuencia, actuar. ¿Te atreves a hacer la prueba? Busca un hueco y dedícate a observar.