El invierno es una estación que se caracteriza por el frío, pero también por las nevadas y las lluvias. Estos fenómenos conllevan un aporte extra de agua en  plantas y árboles.

Durante esta estación las lluvias son imprevisibles, por lo que pueden caer en cualquier momento y dejar cantidades de agua no predecibles. Por otro lado, con la nieve, ocurre exactamente lo mismo. La nieve resulta más peligrosa para nuestras plantas, ya que además de pasar luego a convertirse en agua, y generar un exceso de humedad tal y como ocurre con la lluvia, lo que hace también es generar un estado de helor en la planta reduciendo su temperatura natural aún más.

A todo ello debemos de sumarle la reducción de horas de luz, ya que los rayos UVA del sol durante el invierno inciden sobre las plantas de forma muchos menos intensa y durante mucho menos tiempo. Lo que hace que la planta no esté expuesta a temperaturas tan altas, lo que reduce la necesidad biológica del vegetal de absorber tanta humedad.

Por tanto, sí por un lado la planta durante el invierno requiere de menos agua, y el propio entorno de por sí, le aporta un extra de humedad que no podemos controlar, de forma natural nuestras plantas ya estarán adquiriendo el nivel de agua óptimo que necesitan para poder sobrevivir.

No obstante, la cosa no acaba ahí, sí el ciclo estacional fuera estable, con el agua natural posiblemente nuestras plantas de exterior podrían pasar, pero como los cambios atmosféricos están siendo tan inestables y bruscos a causa de la contaminación ambiental, debemos de tener un mayor control sobre nuestras plantas y adaptarnos cada día al clima para saber cuando y qué cantidad de agua necesitan para que las podamos regar.

Las plantas no adaptadas a climas muy fríos necesitan la dosis adecuada de agua.