El frío y las lluvias afectan a las plantas de la misma forma que nos afecta a nosotros o al resto de seres vivos. La diferencia clave está en que mientras que nosotros podemos resguardarnos del temporal, abrigarnos con ropa, y usar calefacción, las plantas han de adaptar su sistema biológico a las exigencias que marca el tiempo en cada momento de forma totalmente natural.

Las plantas tienen un sistema interno totalmente adaptativo, por lo que autorregulan su propio sistema interno para soportar todo tipo de inclemencias meteorológicas habituales en la zona en la que habitan.

En esta época del año, algunas plantas y árboles llegan incluso a desprenderse de sus hojas para evitar gastar energía innecesaria en el cuidado de su follaje, con el fin de invertir y centralizar todos los nutrientes que absorbe, todas sus fuerzas a las ramas, para que llegada la temporada estival estas tengan la materia orgánica suficiente para dar origen a nuevos y fuertes brotes, que pasarán a convertirse en hojas, flores y frutos progresivamente.

Además del frío, a las plantas también les afecta la lluvia, especialmente en esta época del año, ya que en otoño, suelen llover de forma impredecible y descontrolada, generando graves consecuencias en el medio natural. Las lluvias torrenciales, típicas de la temporada, suelen destrozar carreteras, jardines, campos de cultivo, etc… por los grandes desbordamientos y estancamientos de agua que se generan en poco tiempo.

Es más, estas lluvias torrenciales, además de llevarse todo lo que pillan por delante, también generan graves consecuencias en las plantas y árboles, por el hecho de que aportan una cantidad de agua a la tierra muy por encima a la que el vegetal necesita, lo que puede podrir las raíces del mismo, generando hongos y acabando con la vida del mismo por una extensión de podredumbre.